HERBERT READ, EN SU FAMOSO LIBRO EDUCACIÓN POR EL ARTE

Herbert Read, en su famoso libro Educación por el Arte, escribe:

La educación puede definirse (…) como el cultivo de los modos de expresión, consiste en enseñar a niños y adultos a hacer sonidos, imágenes, movimientos, herramientas y utensilios (…) Todas las facultades del pensamiento, lógica, memoria, sensibilidad e intelecto, intervienen en tales procesos, y en ellos no se excluye aspecto alguno de la educación. Y son todos procesos que implican arte, pues arte no es otra cosa que la buena factura de sonidos, imágenes, etcétera. El objetivo de la educación es por consiguiente la creación de artistas, de personas eficientes en los diversos modos de expresión.

Partiendo del planteamiento de Read, podríamos analizar lo que dice Delors y  contrastarlo con las características principales y las competencias concretas que brinda una educación por medio del arte.

En arte, aprender a aprender “es la condición para dominar el propio saber técnico, y no ser dominados por él. Si hay una función que pueda cumplir a cabalidad el arte es la de permitir a los individuos aprender a aprender, ya que procede por medio de la experiencia, de la acción. Sería muy interesante desarrollar una reflexión amplia acerca del valor de la acción -en la vida y en el arte, particularmente en el drama y el teatro-, que nos lleve a considerar su carácter fundamental en la adquisición de los conocimientos decisivos para la vida de las personas. Desde Aristóteles hasta Stanislavski, y los maestros más recientes, la acción constituye el corazón del drama. Según Piaget, es por la acción, motivada por el sentimiento y el deseo y la necesidad de conocer, de adquirir el control de la propia vida y del entorno, que el niño alcanza su desarrollo y que el adulto construye su vida.

Read 2

Al contrario de los sistemas educativos que se fundan en la abstracción y la memoria y que buscan la potencialización del intelecto, el arte brinda la posibilidad de poner al niño en contacto directo con la materia objeto de su ‘investigación’, ya sea el color, la acción o el ritmo. Así en la pintura como en el circo o la música, el niño se sumerge en la experiencia directa de la materia, de la que obtiene un conocimiento personal, íntimo y técnico, contacto que deviene en seguridad, destreza, creatividad, imaginación, pensamiento y capacidad de simbolización y refiguración de la realidad. Esta fisicidad a la que obliga el arte, permite, por ejemplo en los primeros años, la evolución sana de todas las potencialidades heredadas por el infante. En dicho proceso el niño descubre la realidad y encuentra paso a paso su lugar en ella, definiendo desde entonces los rasgos centrales de su personalidad, como lo apunta Piaget. Así, si la vida del lactante y del infante se funda en la experiencia, el arte no hace más que dar continuidad orgánica a dicha tendencia natural.

 

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