DEFINICIÓN DE ARTE SEGÚN HERBERT READ

Herbert Read define así el arte:

Siempre resulta posible mejorar la definición de una categoría como el arte, uno de los conceptos más escurridizos de la historia del pensamiento humano. Que haya sido tan escurridizo se explica por el hecho de que siempre se le ha tratado como concepto metafísico, cuando se trata funda­mentalmente de un fenómeno orgánico y medible. Como la respiración, posee elementos rítmicos; como el habla, elementos expresivos; pero “como” no ex­presa en este caso una analogía: el arte se halla profundamente involucrado en el proceso real de percepción, pensamiento y acción corporal. No es tanto un principio rector a aplicar a la vida, cuanto un mecanismo regulador que sólo podemos desconocer a costa nuestra. Mi afirmación final será que sin este me­canismo, la civilización pierde su equilibrio y cae en el caos social y espiritual (…) mi finalidad… consiste en construir una concepción del arte como parte del proceso orgánico de la evolución humana y, por consiguiente, como algo total­mente distinto de la actividad más o menos ornamental, función que le adjudi­can por lo general los biólogos, psicólogos e historiadores. (…) arte no es simplemente algo que encontramos en los museos y las galerías… Como quiera que lo definamos, el arte está presente en todo lo que hacemos para agradar a nuestros sentidos… Pero no existe auténtica obra de arte que no atraiga prima­riamente nuestros sentidos -nuestros órganos físicos de percepción- y cuando preguntamos “¿Qué es el arte?”, preguntamos en realidad cuál es en una obra de arte la cualidad o peculiaridad que atrae nuestros sentidos… no existe una respuesta sencilla… Pero podemos decir, para comenzar, que común a todas las obras de arte es algo que denominamos FORMA. (…) La “forma” de una obra de arte es la organización, la forma que ha tomado. Nada importa que se trate de un edificio, una estatua, o un cuadro, un poema o una sonata -todas esas cosas han tomado una forma particular o “especializada”, y esa forma es la forma de la obra de arte. (…) si podemos decir que una forma es mejor que otra, y que la obra de arte que más nos agrada es la obra de arte que posee la mejor forma, habremos explicado el verdadero significado del arte (…) Aquí es… donde co­mienzan nuestras dificultades. Pues lo que produce placer a una persona no lo produce necesariamente a otra… Lo que debemos descubrir, por consiguiente, es alguna piedra de toque fuera de las peculiaridades individuales de los seres humanos, y la única que existe es la naturaleza… Lo que encontramos son cier­tas ecuaciones matemáticas o geométricas. Hace muchos siglos, Platón y Pitágoras habían hallado ya en el número la clave de la naturaleza del universo y del misterio de la belleza… Más aun, no encontramos un caos matemático… por el contrario, lo cierto es que las innumerables formas, de la sustancia inerte tanto como de las cosas vivas, obedecen a un número definido de leyes relati­vamente sencillas. Vale decir, el crecimiento de cosas particulares hasta adqui­rir formas particulares está determinado por las fuerzas que actúan con arreglo a ciertas leyes matemáticas o mecánicas inevitables. (…) La celda de la colme­na puede tomarse como ejemplo sencillo. Cada una de las celdas de un panal es una aproximación cercana a una figura matemática perfecta, o mejor dicho, a una figura matemática perfecta, pero incompleta, pues un extremo queda abier­to. En el lenguaje técnico de la matemática, es un prisma hexagonal con un extremo abierto inacabado y un vértice triédrico de un dodecaedro rómbico. Más aún, esta forma no sólo es la estructura más fuerte posible para una masa de celdillas adyacentes: teóricamente es también la más económica, la que re­quiere la cantidad mínima de trabajo y de cera… sabemos en la actualidad que en verdad la forma de la celdilla débese a un juego automático de fuerzas físi­cas… (…) Estas leyes propias de la naturaleza se repiten incansablemente, con­formando un mundo de armonía en infinitas formas dotadas de belleza. Podríamos aventurar la conclusión de que no existe en la naturaleza una forma que no se deba a la acción de leyes mecánicas sometidas al impulso del crecimiento… “Las fuerzas que producen la esfera, el cilindro o el elipsoide son las mismas ayer y mañana. Un cristal de nieve es igual hoy que cuando cayó la primera nevada” (D’Arcy Thompson). A estas fuerzas debemos no sólo la varie­dad sino también lo que podría llamarse la lógica de la forma. Y de la lógica de la forma dimana la emoción de la belleza[1].

Es esta, pues, la manera de proceder del arte: Percepción y acción en un proceso continuo de prueba y error hasta alcanzar la forma precisa, la cual se ha de afinar hasta alcanzar lo que Read denomina la forma “especializada”, que es, por otra parte, el propósito del segundo aprendizaje sugerido por Delors: aprender a hacer.

El aprender a vivir juntos es, quizás, el más difícil de los cuatro, al menos en contextos en donde predominan la multiculturalidad, la exclusión y el conflicto, pues pasa por el reconocimiento y el respeto del otro, de los otros.

La cultura de la violencia impregna todas las esferas de la actividad humana: la política, la religión, el arte, el deporte, la economía, la ideología, la ciencia, la educación… incluso lo simbólico, y siempre con la función de legitimar tanto la violencia directa como la estructural, y por supuesto, la guerra, buscando siempre razones y excusas para justificar el uso de la fuerza y la práctica de la destrucción, y normalmente en nombre de algo superior, ya sea un Dios o una ideología. La violencia cultural sir­ve también para paralizar a la gente, para infundirle el miedo, para hacerla impotente frente al mundo, para evitar que dé respuestas a las cosas que la oprimen o le producen sufrimiento[2].

Sin embargo, justamente la conciencia de la alteridad es una de las fortalezas y, quizás, el propósito natural de la escena. En general, la cultura del circo y de las artes escénicas, y su aprendizaje, transmiten valores de cooperación, ayuda, respeto y autonomía.

Para muchos, el circo es vértigo y placer, técnicas “del asombro”[3], según la nomenclatura de Barba. Pero para los que lo practican, se constituye en la prueba más fehaciente del sentido colectivo de los seres humanos y de su respeto sagrado hacia la vida, cuya única garantía es la confianza absoluta en el otro. Algo que se aprende sin palabras, y que vale mucho más que todas ellas. Allí se comprueba la naturaleza interdependiente de las personas, una armonía total basada en la cooperación, que surge de los más altos sentimientos de lealtad y pertenencia y de la búsqueda de la forma especializada en su máxima expresión.

Complementariamente, la práctica de la alteridad es el cotidiano de los grupos teatrales en sus encuentros de trabajo en la escena, en donde, a su vez, estudian y viven la experiencia de otras celdas sociales, de otros seres, situados a medio camino entre el imaginario y la realidad, los universos humanos de los personajes inscritos en las obras que preparan para mostrar en público. Ese ponerse en el lugar del otro fortalece la conciencia y el respeto de lo diferente, lo que permite al teatro convertirse en herramienta pedagógica de gran alcance para vehicular una cultura de paz.

La educación para la paz, por tanto, ha de ser un esfuerzo capaz de (…) consolidar una nueva manera de ver, enten­der y vivir el mundo, empezando por el propio ser y continuando con los demás, horizontalmente, formando red, dando confianza, seguridad y autoridad a las personas y a las sociedades, intercambiándose mutuamente, superando desconfianzas, ayudando a movilizarlas y a superar sus diferencias, asomándolas a la realidad del mundo para alcanzar una perspectiva global que después pueda ser compartida por el mayor número posible de personas. El reto de la educación y de la cultura de paz, por tanto, es el de dar responsabilidad a las personas para hacerlas protagonistas de su pro­pia historia, y con instrumentos de transformación que no impli­quen la destrucción u opresión ajena, y no transmitir intransigen­cia, odio y exclusión, puesto que ello siempre supondrá la anulación de nuestro propio proyecto de emancipación y desarrollo[4].

Pues la escena es en primer lugar un espacio de representación de acciones en el que los creadores proyectan sus imaginaciones acerca de la vida de los seres humanos, a partir de las ideas que ellos tienen de la realidad. En segundo lugar, la escena es el espacio para la investigación interdisciplinaria de los distintos aspectos de esa realidad. Entre ambos polos existe la acción concreta, en un espacio y un tiempo, de un grupo de personas que elaboran, con el propósito de socializarlo, un producto escénico que pretende interesar a la mayor cantidad de gente posible hasta el extremo de conmoverla y transformarla interiormente.

Lo que indicaría que, entre paréntesis, la escena exige un alto grado de responsabilidad social; y que convertirse en un creador escénico (actor, director, dramaturgo), implica la adquisición de múltiples competencias en los distintos planos de la vida práctica: emocionales, físicos, intelectuales, espirituales, una multidisciplinariedad que debería abarcar distintos terrenos del saber, de acuerdo a los fragmentos de realidad que los creadores encaren con cada realización escénica, así como el escritor está obligado por su oficio a hacerlo para cada libro nuevo.

Cerrando el círculo de la producción poética, la experiencia estética que tenemos como espectadores en ciertos espectáculos -una obra de teatro, un film, etc.-, testimonia la capacidad que poseen las artes de la escena para modificar -a veces de una manera radical- nuestra percepción de la realidad, nuestra voluntad e incluso el sentido que damos a la vida.

En cuanto al aprender a ser que formula Delors, me remito a la definición que daba Edgar Faure, en la presentación del informe de la Comisión Internacional para el Desarrollo de la Educación, establecida por la UNESCO en 1972, cuyo título coincidencialmente es el mismo[5]: “El despliegue completo del hombre en toda su riqueza y en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos: individuo, miembro de una familia y de una colectividad, ciudadano y productor, inventor de técnicas y creador de sueños”.

El arte es quizás el campo en el que el individuo puede mejor reivindicar su particular sentido y visión de la vida, su ser, ya que se funda en la libertad. El arte se convierte en un atajo privilegiado para elaborar o mantener un espacio propio, un espacio psíquico para la elaboración o la reconquista de una posición de sujeto, así como para el descubrimiento de las sutiles capas de que se constituye la realidad, ya que abre las puertas de la percepción y alimenta el pensamiento creativo, alienta la transgresión y la crítica y da paso a nuevas formas de vínculo social.

En una sola expresión, pues, la educación a través del arte es una herramienta más que idónea para la transformación de las sociedades.

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